Me perdí amándote. Mujeres que se pierden en nombre del amor

Relaciones

A veces nos perdemos. Incluso, aunque estemos perdidas, a veces no nos damos cuenta. Se emborrona la pérdida con la neblina del amor, con el temor a —más que a perderse una— a perder a la persona amada.

Mujer triste, con la mirada hacia abajo, que mira tras un cristal mojado por la lluvia.

Hay mujeres que inician una relación de pareja como si ellas mismas, —cuerpo, cabeza y corazón—, fueran una ofrenda al dios humano al que aman. Se deshacen, se desdibujan, se maquillan con otras capas, se desprenden de las más propias, en un intento de ser aquello que creen que su amado o amada espera.

Inician en una relación de pareja como si ellas mismas, —cuerpo, cabeza y corazón—, fueran una ofrenda al dios humano al que aman.

El sacrificio es máximo, pero es un precio que se paga en nombre de algo más sagrado todavía, el amor. El amor absoluto. La completud de alcanzar la promesa de ser uno, de ser aquella que pueda colmar por completo al otro, que no necesite nada más que lo que uno puede aportarle, que no exista nada más que quien una es y le hace ser. Ser deseada. Confirmarlo una y otra vez, como si nunca la respuesta pudiera calmar la pregunta. Ser la amada por encima de cualquier cosa.

Entonces, una se va perdiendo como una lluvia bien hecha, lenta, miudiña. Tan suave que invita a quedarse bajo la misma, a pasear bajo la lluvia porque parece que no moja, no despierta el deseo de correr para cubrirse, no es una amenaza, sino que embriaga. Y una se va deshojando, cual margarita, para ir transformándose en otra cosa.

Llega un día, como en cualquier cuento, que hay un giro. A veces, como protagonista absolutamente inmiscuida en todo el entramado, una no sabe qué ocurrió, cómo fue, en qué lugar, pero algo cambia. Algo golpea la realidad y, dependiendo de cómo esté construida una, el otro y la relación, ese golpe permite ver un atisbo, pero ¿qué se hace ante el mismo? Depende.

Habrá instantes en los que una luche y desee negar la realidad, que se pelee por volver a cegarse aun sin darse cuenta: No puede ser. Habrá otros momentos en los que busque afuera la confirmación de algo que ni una misma se atreve a contarse: ¿Es verdad o son cosas mías? A lo mejor soy yo la que está interpretando mal y como si no pudiera entender su propia lengua materna en labios de otra persona, la respuesta de fuera no saciará la pregunta; otras harán lo que puedan por mirar un poco más, mientras que otras…

Dejar de construir dioses que solo la dejen a una en la máxima pobreza.

A veces, se trata del camino del reencuentro. Encontrar la voz propia, hacerle hueco al propio deseo más allá de ser deseada por el otro, darse un lugar, cuestionarse, dejar de construir dioses que solo la dejan a una en la máxima pobreza.

En otras ocasiones, una se va dando cuenta de que no solo se ha perdido en esta relación, sino que va sumando relaciones donde se pierde a sí misma, donde parece otra, al punto en el que también hay amistades que se abandonan o que dejan de esperar para recoger los trozos del próximo tortazo.

Dependiendo de lo que hagamos con ese atisbo que una puede ver, comienza un camino u otro. Eso sí, el único camino que puede permitir un cambio, un verdadero alivio, un gran giro para disfrutar del amor de otra manera, es el que inicia con una pregunta dura, incómoda y dolorosa: ¿Qué tengo que ver yo con esto que me pasa?

¿Qué tengo que ver yo con esto que me pasa?

Si la pregunta se coloca en el partenaire, si el malo es el otro que me trata mal y no me da lo que me merezco, pero una no se pregunta ¿Por qué yo lo aguanto?, ¿por qué me quedo?, ¿por qué…? Solo podrá cambiar la superficie, pero la raíz que a una la lleva a repetir, a sufrir, se mantiene.

Mª ángeles Barja

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