Cuándo la palabra no sostiene, ¿a qué nos podemos agarrar?
Cuando se retuerce el lenguaje para tergiversar la verdad, ¿cómo salvarse de la manipulación?
Cuándo el límite se emborrona hasta hacerlo desaparecer, ¿cómo encontrar contención?
Cuando la ley del todo es posible se convierte en un dogma, ¿cómo sobrevivir a lo que uno no puede/no llega sin percibirse como un fracasado?
Cuando el amor se confunde con la no dependencia y la falta de vulnerabilidad, ¿cómo se puede dar la posibilidad de un encuentro íntimo, real?
Cuando el representante de la ley se cree que él es la ley y la pervierte a su parecer, ¿cómo escapar?
Cuando el respeto al otro se diluye e impera la supremacía del yo, ¿cómo conservar el civismo?
Cuando los valores se deshacen como una acuarela bajo el agua, ¿cómo conservar la fe en la humanidad?

La desesperanza personal y social forma parte del discurso que llega a la clínica. No hace distinción entre ideologías políticas ni clases sociales, simplemente está ahí, resultado de un decaimiento que no cesa.
Los valores que antes suponían algo, que sostenían, que calmaban, que marcaban un camino dirigido al bienestar personal y común se han minado desde dentro, poco a poco. Este vacío de sentido, de valores, forman tan intrínsecamente parte de nuestro día a día que se ha convertido en normalidad.
La falta de autoridad
Nos encontramos con padres a los que les cuesta ocupar un lugar de autoridad, pues temen que decir un no traumatice a un hijo; que pueda dejar de quererles; que les diga eres malo, ya no te quiero.
Temen que poner límites a un hijo les coloque en un lugar autoritario, cuando lo que necesitan es que los padres puedan ser una figura de autoridad, que transmita normas que le permitan saber lo correcto y lo incorrecto, lo deseable y lo indeseable; cómo manejarse en la familia para después salir al mundo; cómo enfrentarse a la frustración, a la espera, a que no todo se puede.
Autoritarismo no es lo mismo que autoridad. La primera impone sin tener en cuenta al otro; la segunda construye desde el conocimiento, la experiencia y el respeto, teniendo en cuenta el bienestar de todos.
Desde hace tiempo, a los padres les cuesta cumplir la función de padres y cada vez son más los que buscan una relación de simetría. Quieren ser colegas de sus hijos, que se lo cuenten absolutamente todo, ser cómplices de lo que antes serían hazañas adolescentes, pero si son colegas ¿Quién ejerce como padre o madre?
Y no se trata de que los padres sean los malos, de que no quieran a sus hijos. Nadie dijo que la paternidad ni la maternidad fuera sencilla; todo lo que ella convoca a cada uno de sus miembros a veces es una fuente inagotable de esfuerzos, incluso vividos como un sacrificio que no cesa. Realmente, es el resultado de un síntoma social, al que se le suman las cartas que a uno le han tocado a título individual.
Síntoma social, global, porque también los representantes de la autoridad, como pueden ser los políticos, han decaído en su función. Nos encontramos con guerras y amenazas sin sentido, corrupción a todos los niveles, las ganancias personales eclipsan el interés del pueblo, el poder se usa para los deseos propios en lugar de para los deberes de un puesto, se retuerce la verdad y el lenguaje, se atenta contra la ley y sus representantes, sin que parezca que haya consecuencias ni a nivel de nación ni a nivel global.
La falta de límite
Todos estamos inmersos en una sociedad que nos invita a exigirnos sin descanso, que borra los límites, que afianza la falsa idea de «si lo quiero, lo tendré», «si lo quiero, tengo derecho a tenerlo«, «si lo deseo, debo de conseguirlo». ¡Como si todo fuera posible!
Es algo que está tan inmerso en nuestra sociedad que hasta nos pasa desapercibido, ya sea vernos como protagonistas de ese papel o detectarlo en los discursos que tenemos a nuestro alrededor: las personas de nuestro entorno, las redes sociales o los medios de comunicación.
En nombre del derecho, de lo que uno desea y quiere obtener, se borran los límites que a todos nos acotan, incluso atentando contra la realidad.
La falta de asumir la falta
No hay deseo sin falta y sin falta no hay posibilidad de desear. Si uno piensa que lo tiene todo, que está completo, ¿Qué va a disfrutar?
El esfuerzo ya no está de moda, ¡viva la IA que piensa por mí y no me hace falta saber! Una IA que responde a todo, que dice hasta qué partido político debo votar. Cuestionarse, pensar y reflexionar parece ya cosa antigua. El silencio que invita a escuchar o escucharse está oxidado.
Estamos viviendo en un mundo que invita al aislamiento, al yo conmigo sin un otro. Teletrabajo frente a un ordenador sin tener una conversación ni salir de casa. Salir al exterior con los auriculares ya puestos, sin escuchar los sonidos propios de la vida, es decir, de lo otro que no soy yo. La mirada pegada a la pantalla sin ver el paisaje que a uno le rodea. No poder vivir una experiencia sin que no haya una mirada a través del teléfono móvil (asistir a concierto que se vive mirándolo a través de la cámara). En el transporte público los viajeros van absorbidos por sus teléfonos, ya no hay cruces de miradas que despierten el deseo, el interés, la vida. Cada uno aislado en su pequeño mundo, por artificial que este sea, sin que el otro tenga un lugar.
Para no asumir la falta, para no asumir el propio deseo, a veces los demás son ubicados en un lugar de objeto a usar como se considere.
Algunos se relacionan con sus semejantes como si las personas se hubieran convertido en objetos de usar y tirar, donde la primacía del yo gobierna, se busca únicamente la descarga física con un cuerpo ajeno, se evita el esfuerzo que siempre conllevará cualquier tipo de relación. Conectar con el otro, tener en cuenta lo que siente, la manera en la que pueden afectarle los actos, las palabras, o la actitud que uno mantiene, es algo que requiere dar un mínimo de uno mismo, para lo que muchos ya no están dispuestos.
La no dependencia es imposible. Cualquier vínculo, cualquier puente emocional que tendemos hacia cualquier persona implica en algún punto dependencia, que no es otra cosa que ser vulnerable a otra persona. Es decir que me importe lo que siente y lo que piensa de mí; que si está triste yo también pueda preocuparme, no quiere decir que uno no pueda ser autónomo, tener sus propias ideas y tomar sus propias decisiones. Por ello, establecer una relación implica aceptar cierta vulnerabilidad, cierta dependencia.
Sigmund Freud, en Introducción al Narcisismo, señala «Un fuerte egoísmo preserva de enfermar, pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo, y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar». Es decir, si amas, sufres. Si no amas, enfermas.
A la vez, hay tanto deseo de ser amado, de ser aceptado, de formar parte de algo, de ser importante para alguien, que en un tiempo donde los vínculos están tan desarmados, cada vez son más las personas que consultan a un psicólogo para hallar otra manera de hacer, de vivir.
La falta en ser
Todo ello va dejando huecos y vacíos dentro de uno que a veces son difíciles de rellenar, otras veces se taponan efímeramente con el consumo de drogas o psicofármacos, con intentos de sobreactividad para no tener ninguna hora libre, con la creencia de que uno tiene que cubrir todas sus necesidades y no necesitar nada de nadie para ser una persona independiente.
Lo que hemos llamado falta en ser también hace referencia a tantas personas que les cuesta hablar desde sí mismos, conocer cuáles son sus deseos, sus motivaciones, sus sueños, saber lo que sienten, lo que quieren… saber quiénes son o quiénes quieren ser. Esto es algo que suele generar mucho desconcierto cuando uno mismo se da cuenta y, tras el desconcierto, llega la tristeza.
A su vez, en los casos más extremos, podemos pensar que todo lo que estamos hablando a lo largo del artículo son algunas de las razones por las que el suicidio es, dependiendo del rango de edad, la primera o segunda causa externa de mortandad.
Frente a la desesperanza, Deseo
No pretendo que este texto sea deprimente, pero tampoco engañoso.
Estamos en un tiempo complejo, que no es de ahora pero que sigue su progresión sin pararse a hacer un receso. Un tiempo de desesperanza pero que también puede ser leído desde otro lugar, interpretado desde otro sitio.
Es un tiempo que empuja a la desesperanza y, como respuesta, toca
abandonar el lugar pasivo del que se deja llevar, del que sigue la zanahoria sin cuestionarse, a un lugar activo que permita la pregunta, una dirigida hacia uno mismo
siendo esta pregunta el manillar de la puerta que a uno mismo le permita hacerse cargo de su propio caminar, de su propio pensar, más allá del contexto en el que a uno le toque vivir. Por supuesto, también es un tiempo de mirar hacia fuera con ojos críticos, manteniendo el esfuerzo para preguntar y buscar otras voces y palabras que ayuden a enfrentar el desconcierto, lo maquillado, lo transformado.
A veces esto se puede hacer en solitario, dedicándose un tiempo real a uno mismo que le permita desempolvar las preguntas incómodas y echarse un pulso propio ante los hábitos, las fuerzas diarias que nos llevan siempre al mismo mortífero lugar. En otras ocasiones, uno necesita y quiere dar un paso más allá. La consulta de un psicoanalista está para esto, sobre todo en estos tiempos, donde la pregunta no puede quedar en la superficie porque el sufrimiento va más allá; es un sufrimiento en ser, es la desesperanza, la búsqueda del timón y del propio destino.
El deseo lo es todo. Sin duda, es tiempo de trabajar a título personal para despertar el deseo, para hallar sentidos que insuflen vida, formas de afrontar los huecos, de encontrar deseos propios que aligeren la vivencia de lo que uno, a simple vista, no puede cambiar.