El derecho a exisitr.
Hay cosas que nos parecen tan sencillas, tan evidentes, que ni si quiera las pensamos. No se cuestionan. No hay pregunta al respecto. No hay espacio para la posibilidad de que no ocurra, de que no se dé, de que no forme parte de la vida de uno mismo. La ignorancia, a veces, resulta tranquilizadora. El mejor ansiolítico; aunque como cualquier otro fármaco, trae de la mano efectos secundarios. La ignorancia, se mire por donde se mire, también empobrece el alma.

Hay días en los que un nudo se ata en el pecho, como si dos arterias decidieran trenzarse una con otra, y uno camina ahogado, con un pesito justo en el medio del esternón, como si uno necesitara un golpecito fuerte de RCP para ver si todo vuelve a recolocarse y se aligera la carga. Pero no hay golpe, ni movimiento, ni baile que devuelva a su sitio el peso si no vienen las palabras a su encuentro, a hacerle hueco a los afectos, a liberar las cargas apalabrándolas a algo que sirva de vehículo, de salida, de puerta hacia algún lugar donde los pesos se diluyan junto con la sangre que fluye, que trae vida.
Y es cierto, a veces las palabras se atascan. No importa si sabemos apalabrar emociones, sentimientos o afectos. No importa si dominamos el lenguaje tan bien como cualquier Nobel, nada nos protege del desconcierto, del hueco, del enigma que es uno mismo para uno mismo en algunos momentos de la vida. Ni qué decir cuando hay situaciones que impactan y, como agua y aceite, el afecto y la vivencia se separan como si no pudieran jamás verse. Ni qué decir cuando uno aprendió a caminar por la vida con la sensación de que los afectos eran algo ajeno a su esencia; coleccionista de hechos sin experiencia, agujero desmedido de un deseo que está por llegar.
Pues qué somos sin deseo, sin la esperanza de un destino que le dé un sentido a poner un pie tras otro, a cruzar caminos, a construirlos para emborronarlos nuevamente hasta trazar senderos que iluminen los lugares más inciertos.
El sentido, sin él no hay nada. Sin él, náufrago, perdido, a la deriva de vapuleos despiadados, de días soleados, de ventiscas de nieve que no permiten gozar de la protección ni disfrutar de la vida. A veces, los sentidos se encuentran en un recoveco propio, como si estuvieran ahí, a la espera de que uno se pare a mirarlos. Otras veces…
Otras veces, cuando todo está lleno de certezas que no llevan a ningún lugar, que no dan respuesta; otras veces, cuando uno lo comprende todo pero nada cambia; otras veces, cuando el hartazgo y el hastío de las repeticiones que aprietan siguen hincando las uñas dentro de las entrañas; otras veces, cuando uno pensaba que lo tenía ya todo controlado y ubicado; otras veces… Hay tantas otras veces que uno necesita buscar respuesta en otros sitios, que necesita pararse a pensar para organizarse, que necesita otra oreja diferente, otra palabra que rompa lo inamovible, que cuestione lo ya sabido que impide soltar las cadenas, que abra puertas donde todo ya se había quedado cerrado, que sea posibilidad de inicio donde todo se daba por terminado.
A veces, muchas veces, se necesita consultar a un profesional para aprender a hallar palabras para entenderse, para encontrar el puente que une el afecto con lo vivido, que reordene, que ponga coto al sufrimiento del que uno no puede desprenderse, que ayude a desempolvar el deseo, a rebajar la voz crítica que a uno le nace de dentro, a limpiar los ojos para ver la vida mejor a pesar de las aristas y encontrar más alegría en las pequeñas cosas del día a día.
A veces, una RCP no es otra cosa que una palabra que dé aliento y una pregunta que abra el inicio de un caminar más ligero.