El silencio interno, a veces, se convierte en un lujo difícil de alcanzar. En otras ocasiones, el silencio se convierte en un sujeto propio del que uno huye con todas las opciones que encuentra a su alcance: la música, una serie de fondo, cualquier tipo de entretenimiento; lo que sea, menos silencio.

¿Qué es el silencio?
Porque, ¿Qué es el silencio?
El silencio es un hueco y, como cualquier oquedad, trae consigo la posibilidad del eco, de la reverberación, de algo que se nos devuelve. Y, a veces, lo que nos devuelve el eco, así como el abismo de Nietzsche, no es la imagen deseable de uno mismo, sino el reflejo mismo de lo que nos lesiona.
Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse en monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti. Nietzsche.
Saber navegar en el silencio no es para principiantes que no se han topado nunca frente a la propia imagen de uno mismo. Porque la imagen propia no es la idealizada, la hermosa a la que no le falta nada, la idea de que uno todo lo hace bien y no tiene falla, ni marca, ni lastre que lo zarandee de un lugar a otro. La imagen de uno mismo, la real, la que a todos nos atraviesa, es la de la falta. Falta entendida como la asunción de la existencia de lo imposible, de la caída de la verdad absoluta, la caída de la omnipotencia; es la aparición de la imagen que está erosionada, la imperfecta.
Enfrentarse al silencio es como enfrentarse a uno mismo. Tal vez por eso los retiros de meditación Vipassana (es lengua pali, significa ver las cosas tal como realmente son) en los que durante días conviven en absoluto silencio y autobservación sean una de las experiencias que describen como más duras, así como transformadoras si uno es capaz de tolerarlo. Los que han pasado por ellas suelen decir Si quieres conocerte, abraza el silencio.
El silencio puede actuar como espejo. Una y otra vez la mirada vuelve hacia adentro, la escucha hacia el pensamiento retenido o el que fluye, donde no hay nada que pueda taparlo ni taponarlo. Pero no hace falta irse a ningún retiro para encontrarse, para encontrar silencio.
El silencio puede actuar como espejo. Una y otra vez la mirada vuelve hacia adentro.
Es común que en el trascurso de cualquier proceso terapéutico uno vaya descubriendo partes de sí mismo que desconocía. No desde un lugar de juicio o de culpa, sino desde el conocimiento. Cuanto más uno sabe de sí mismo, el camino siempre será más sencillo. Lo cual no quiere decir que no haya impacto, que no haya sorpresa, sino que después podrá devenir en alivio, pues no hay nada que calme más que tener palabras para acercarse a lo poco conocido.
El silencio, por tanto, está al alcance de todos pero requiere de trabajo, de esfuerzo, de cierta constancia. Pues hay pensamientos que se cuelan una y otra vez, interrumpiendo la posibilidad de pensar en algo diferente, de mantener la concentración en una nueva tarea, avasallando y despertando una voz que quisiéramos que se mantuviera quieta, tranquila, silenciada. Es en esos momentos cuando el silencio se convierte en la experiencia de un lujo inalcanzable. No importa cuanto uno tenga, cuanto uno se anestesie con la sustancia elegida, aquello que despierta el pensamiento, no finaliza hasta que uno halle el desenlace y rehaga lo que se anudó mal.
El silencio es algo que se construye, pues el silencio que viene de afuera es solo un contexto, el contorno de un marco; el que viene de adentro es el resultado de un trabajo, la prueba viviente de la serenidad.