Hace unos días, vi una serie en la que la protagonista femenina representaba perfectamente la vivencia de dos tiempos.

Cuando la protagonista tenía 7 años de edad le había negado un abrazo a su madre, a razón de que olía a alcohol, a sudor y a lágrimas. Hasta aquí, podríamos pensar «bueno, ¿Por qué negar un abrazo podría tener el peso del trauma para esta mujer?». Aunque ella rememora una y otra vez el no abrazo, hay un momento breve en el que cuenta que, en ese momento de no darle a la madre lo que pide, le dice que quiere que duerma durante mucho tiempo y le lleva el bote de somníferos que toma habitualmente. La historia de la madre concluye con su asesinato a las pocas horas de este suceso.
Lo que podía haber sido anecdótico, incluso borrarse con el tiempo (el abrazo que no dio) y el deseo de que duerma para que la visión de ver a su madre sufriendo de esa manera termine, acaba siendo una marca que la cruza de por vida. Por supuesto, no vamos a quitarle peso al hecho de una madre fallecida a esa edad, lo que implica para esta mujer y todo el giro que da en la serie, pero nos centraremos en la parte que tiene que ver con el tema a tratar aquí: la culpa por un deseo cumplido.
Los dos tiempos
A posteriori, en un segundo tiempo, hizo una relectura de sí misma sobre aquel día.
En ese primer tiempo era algo lógico para ella lo que sintió y decidió; no le causó un problema explicarle a su mamá porqué no le daba un abrazo, que le dolía verla llorar y que durmiese, que ella le avisaba cuando llegara su papá. En el segundo tiempo, cuando la madre ya ha fallecido, relee de otra manera su negación a dar un abrazo y su deseo de que durmiera para no verla sufrir de esa manera. Es en ese segundo momento donde esta mujer hace una interpretación diferente del mismo hecho que la lleva a enfermar.
En las capas más profundas y desconocidas de la psique, donde la lógica y el tiempo no existen, se conectaron ambas cosas como un deseo cumplido. Me explico. La niña deseó que su madre dejara de sufrir y que durmiera mucho; a las pocas horas, se encuentra a su madre fallecida con el bote de pastillas en la mano. Se produce el horror.
Si lo pienso, se cumplirá
Creer que todo lo que piensan o desean se va a cumplir es una característica típica de la infancia, rasgo que puede permanecer en la adultez.
Frecuentemente pasa desapercibido cuando uno es adulto, salvo que uno haya vivido un suceso similar, donde deseó o pensó algo (en la infancia o en la vida adulta) y ocurrió algún suceso que pareciera que cumplió lo deseado y, entonces, se conectó. Esta conexión puede pasar desapercibida; pareciera que uno ni se acuerda, que quedó en las Antípodas de la mente o no le da el valor que internamente tiene, pero entonces surgen los síntomas. La protagonista, en la serie, está diagnosticada con fobia social, padece ataques de pánico y pequeñas pérdidas de memoria cuando esto se activa.
Como resultado de la conexión entre lo que uno deseó y lo que uno interpreta como deseo cumplido surge la vivencia de una culpa que pareciera imposible de calmar.
La culpa interminable
Desde fuera, cualquiera podría ver que el juicio que perpetra la protagonista contra sí misma es desubicado, excesivo e injusto. Ella no mató a su madre y una parte de sí misma lo sabe, pues sabe que por desear algo o por el hecho de darle los somníferos para que durmiera, de eso nadie se muere. Pero hay otra parte de sí que se culpa una y otra vez.
Con los ojos de la adulta juzga lo que pensó, deseó e hizo siendo una niña, eso sí, sin colocarse en el lugar de la pequeña, sin mirar el mundo como era para ella, sin pensar qué entiende una niña por dormir mucho, etc.
Este sufrimiento, esta culpa que se vive como interminable y atormentadora, el horror de un deseo cumplido, está más presente de lo que muchos imaginan. Es necesario consultar con un profesional para trabajar esas capas tan profundas y hallar salidas