Los duelos invisibles de la maternidad

Relaciones

El deseo de ser madre, el deseo de tener un hijo, no está exento de las pérdidas que conlleva.

La maternidad está impregnada de duelos que hay que hacer desde muy temprano. Si pensamos en toda la magnitud de mujeres que existen en el mundo podemos partir de que no hay una única manera ni de ser mujer ni de ser madre y que, en cada caso, los duelos que pueden surgir pueden ser diversos, inofensivos o dolorosos, en cada una de ellas.

Los tiempos cambian

En ocasiones, desde el momento en el que emerge el deseo o se inicia la búsqueda del embarazo, surgen preguntas que reflejan los cambios que están por venir. Por ejemplo, lo que puede implicar una baja en su trayectoria profesional, los cambios que devendrán en la vida social, las actividades personales que pueden llegar a ocupar un segundo plano o dejar de existir… Estas preguntas, a veces, pueden ser reiterativas y sostenidas en el tiempo, pues se ven convocadas a tener que abandonar algo muy estimado por la esperanza de obtener otro lugar mejor.

El cuerpo embarazado

Para algunas mujeres, la curva en el vientre que va señalando el embarazo puede ser vivido con mucha ambivalencia. Es uno de los cambios físicos que comienzan a ser notorios incluso para los desconocidos. Algunas pueden temer que los demás piensen que están gordas y no embarazadas, pueden vivir con rechazo los cambios físicos que se suceden con naturalidad. Al principio, puede tener lugar el duelo por el cuerpo que cambia y que, tras un embarazo, nunca volverá a ser el mismo.

Otras mujeres disfrutan de verse embarazadas. Algunas de ellas, realizan fotografías mensuales para dejar constancia de los cambios físicos que se van produciendo en su cuerpo.

Con el paso de los meses, algunas mujeres describen el embarazo como una sensación de completud, hay un sentimiento de comunión y comunicación con sus bebés a través de los movimientos, incluso pueden sentirse como portadoras de un secreto que nadie más puede comprender salvo su bebé y ella.

El último mes de embarazo no solo se convierte en un tiempo de preparación al parto, también un tiempo de despedida de esa imagen y las sensaciones que convocan.

El postparto

Hay partos y partos, tantos como mujeres, como profesionales, como cuerpos, como hijos. Un tiempo en el que hay que hacer un duelo por el cuerpo que ya no es, en el que una se encuentra con las cicatrices, a veces con los puntos, la recuperación dura de una cesárea, el hueco interno y real, una falta en el cuerpo.

Además, más allá de lo físico, es el tiempo del encuentro con otra identidad, la madre. A su cargo se encuentra un ser completamente desconocido del que no se saben cuáles son sus necesidades cuando llora, donde hay que ir aprendiendo en cada momento, donde se hace un trabajo arduo para conectar y cuidar, a la par que una necesita tener momentos de autocuidado.

Lactancia materna

A veces, este lazo único que une a mamá y bebé a través del cordón umbilical, se desplaza al lazo del pecho y la lactancia materna. Lo perdido sigue siendo valioso pero hay otra cosa, algo especial que solo ella puede ofrecer, un olor, un calor, una piel, un sabor, un arrullo, que no se compara con el de nadie más.

Algo de lo maravilloso de aquella imagen inicial se salva pero, a su vez, también es un lazo que se irá desgastando con el paso de los meses. En algunas ocasiones, empujadas por alguien de afuera del espacio mamá y bebé que señala que hay que alimentar de otra manera; otras veces, la necesidad de más tiempo personal o el regreso a la vida profesional; en otras circunstancias, el dolor que puede suponer el amamantamiento, la pérdida de identidad o sentirse como solo proveedora de leche, etcétera.

A veces, hay madres que pueden vivir con culpa querer dejar de amamantar, culpables de sentirse aliviadas si dan un biberón o si el chupete las libera de ofrecer el cuerpo como un espacio de calma. Otras veces, hay madres que sienten que es muy difícil renunciar a ese lazo que la une, nuevamente, al cuerpo de su hijo. Sea como sea, también tendrá que prepararse para esta despedida.

Primeros pasos

La primera vez que reptan, cuando hacen la croqueta, cuando levantan la cabeza, son momentos vividos con sorpresa y emoción. Suelen estar acompañados de orgullo e impacto por la autonomía que va alcanzando tan rápidamente.

Ni qué decir cuando llegan los primeros pasos. Tan hermosos y tambaleantes, que les encaminan hacia la vida, metáfora del camino que algún día emprenderán dejando atrás el hogar ofrecido. Son pasos que se disfrutan y que, a la vez, conmueven por la rapidez del tiempo. El bebé sigue bebé pero uno más mayor.

El dormitorio propio

Hay padres que optan por el colecho, otros por la cuna adjunta a la cama que sitúa al bebé fuera del colchón, otros que eligen la cuna como un anexo, mientras que los menos optan por dejarles en su propio dormitorio desde el principio.

Sea como sea, llega un momento en el que los padres comienzan a preguntarse cuándo sacarles del dormitorio conyugal para que duerman en el suyo propio. En estas situaciones, lo más habitual suele ser la pregunta sobre la madurez del niño y cómo puede lidiar con la separación. Pero, me parece fundamental dar un lugar a las emociones ambivalentes que pueden sentir los padres, en el artículo de hoy seguiré poniendo el sujeto en las madres.

A las madres también les cuesta separarse de sus hijos, desean que crezcan pero son sus pequeños, y, en ocasiones, sin que una se dé cuenta, se ponen los miedos propios en los hijos o se buscan razonamientos para justificar el retraso de este paso. Hay madres que pueden temer que sus hijos se sientan traicionados porque eligen dormir con sus maridos y no con sus hijos, temen que se sientan desplazados porque ellos van a seguir compartiendo la cama y él estará solo en otro espacio, etc.

Los hijos nos convocan nuestras propias historias infantiles y eso hace que, a veces, puedan resultar más difícil dar ciertos pasos. Pero, como todo, uno va elaborando, se va haciendo un duelo y se va dando un lugar al hijo.

Los duelos que vendrán

La vida entera está hecha de duelos, de amor y dejar ir, de disfrutar de la presencia pero, a su vez, tener que dejar marchar. Por ello, la maternidad -así como tantos vínculos amorosos- despiertan mucha ambivalencia. Se puede amar y se puede odiar, se puede disfrutar y querer estar a solas, pueden caer bien y también resultar insoportables.

Esto se sucederá toda la vida. Desde pequeños, con logros que vayan consiguiendo, como aparición del lenguaje, el control de esfínteres, el primer día de guardería, el primer día del colegio… ¡Hasta cuando se mudan! Y un largo etcétera.

Dicho todo esto, como comentamos en el artículo En nombre del amor: Lo que un hijo está dispuesto a dar, no es necesario una madre perfecta, solo una madre suficientemente buena, para que un hijo salga al mundo a disfrutarlo.

El niño no ve nunca, a través del rostro de la madre, únicamente su propio rostro, ni se limita a ver el rostro de su madre, sino que ve en ese mismo rostro la posibilidad de ver la faz del mundo o, si se prefiere, ve en el rostro de la madre lo que faculta para poder mirar el rostro del mundo.

Las manos de la madre. Massimo Recalcati

Mª ángeles Barja

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