La vivencia de lo traumático no está referido únicamente a situaciones adversas, como puede ser un accidente de tráfico grave, también puede surgir con experiencias más próximas a lo cotidiano, como puede ser un despido laboral o el fin de una relación de pareja.

En las que están más próximas a lo cotidiano, podríamos suponer que eso que se vive como traumático se debe a que algo de la vivencia ha conectado con algún aspecto de la propia historia de uno y ahí es donde lo cotidiano alcanza una magnitud de grandes proporciones. Teniendo esto presente, es más fácil acercarnos a la idea de que todos, en algún momento, podemos experimentar algo de lo traumático.
Vomitar palabras como efecto del trauma
Hay una diferencia entre contar una historia y vomitar las palabras que forman parte de una historia. Cuando uno cuenta un cuento hay cierta estructura dentro del mismo y, más allá de eso, uno siente que lleva la voz cantante del tempo, de los sucesos, incluso puede jugar con los enigmas para movilizar el interés del oyente. Sin embargo, vomitar las palabras de una historia pareciera ser como el vómito físico, un acto reflejo, involuntario, controlado por otra parte de uno mismo que solo aspira a defenderse o protegerse de lo que le hiere, expulsando lo nocivo, lo que le irrita internamente.
Podríamos decir, por tanto, que el acto de vomitar palabras es la descarga del malestar que uno siente. Este no consiste en contarlo una vez, desahogarse y soltarlo todo como si ya nada más quedara dentro, como si pudiera purgarse de una vez por todas. Todo lo contrario.
La repetición involuntaria
Una y otra vez cuenta lo mismo. A veces al mismo oyente, otras veces a cualquiera que preste la oreja mínimamente a la búsqueda de un traductor de la vivencia, alguien que aporte la pieza que se perdió. Dicho esto, el oyente no es lo verdaderamente importante, puede ser tanta la urgencia de expulsar que no importa quién esté escuchando, conocidos, desconocidos o mínimamente conocidos. Es frecuente que se descuide lo privado, haciendo de lo íntimo algo público sin percatarse de ello.
Esto se repite una y otra vez sin que el narrador, aun percibiendo el bucle en el que se encuentra, pueda salir del mismo. Es como si algo se impusiera desde dentro. No solo se trata de vomitar palabras hacia el exterior, también es frecuente que no pueda escapar de su propio pensamiento en el que, una y otra vez, se ve sometido al recuerdo de la vivencia de lo traumático para procurar la búsqueda de algo que le permita comprender.
De esta manera, podemos entender la repetición como el intento de encontrar un sentido que permita unir las partes de la historia -las partes de uno mismo- que se han quedado fragmentadas, desconectadas, aisladas unas de otras. Se busca un hilo conductor que permita coserlas nuevamente, pues el sentido permitirá un acercamiento a la posibilidad de hacer algo con lo vivido. Ubicarlo en algún lugar interno que permita continuar viviendo, con todo lo que ello implica.
Un ejemplo, una persona descubre que su pareja le es infiel y le resulta tan insoportable que toda su vida se paraliza durante más de un año. No puede dormir, no puede comer, no puede trabajar con normalidad. No puede hablar de otra cosa que no sea, una y otra vez, lo sucedido. Lo hace con sus allegados, con sus compañeros de trabajo, con las personas que le dicen “hola, qué tal”, lo cuenta sin venir a cuento. Además, no puede dejar de pensar en ello, a cualquier hora. Repasa los mensajes, las llamadas, los días, una y otra vez. Repasa todo a la búsqueda de las pistas. Se pregunta si podría haber hecho otra cosa para que no sucediera, si el problema es suyo o de la otra persona. Todo estaba bien, todo iba bien, repetirá una y otra vez. Esta persona vive día a día desbordada. Algo se ha roto y no solo es una relación de pareja.
Lo que no es traumático
¿Esto quiere decir que todas aquellas personas que cuentan siempre la misma batalla o que tienen una tendencia a rumiar cualquier cosa que les ocurre están traumadas? No. A lo largo del artículo hemos señalado diferencias fundamentales para entender la involuntariedad de la repetición, el dolor que se vive como si fuera reciente, la sensación de estar roto, la búsqueda de un sentido, etc.
No se trata de personas que suelen repetir lo mismo o que suelen pensar en exceso, eso es otra cosa bien distinta. En la vivencia de lo traumático se revive cada vez que se cuenta, hay poca variación en el discurso y la pregunta se mantiene, como si nunca pudiera incorporarse algo nuevo en la repetición que logre dar un sentido o algo de calma.
¿Qué puedo hacer?
Hay ejercicios que pueden resultar beneficiosos para soltar palabras, para descargar algo, como puede ser la escritura. Es un método que produce desahogo, pero hay que entenderlo como una tirita emocional, protege de algo externo, dura un ratito, pero si no se hacen las curas y se limpia la herida, no hay posibilidad de resolver el problema.
Por tanto, podemos pensar la escritura como un modo de vomitar palabras más íntimo y privado, donde la persona puede sentir que se resguarda mejor del impulso de soltar. Ahora bien, la manera de poder darle un sentido a las repeticiones, de hacer algo con el sufrimiento, de elaborar lo vivido como traumático y ubicarlo en un lugar que interrumpa menos la vida, es la terapia psicoanalítica. El tipo de escucha, acompañamiento y el valor de la palabra es lo que permite, y favorece, cuidarse y hacer algo con ese gran malestar emocional.