¿Cuál es el cuerpo perfecto, el cuerpo 10?, ¿qué características son las que ha de tener?, ¿y se sentirá satisfecha la dueña de ese cuerpo?, ¿y el hombre, alcanzando ese cuerpo 10, se sentirá pleno consigo mismo? Y, también tenemos que plantearnos: ¿Quién dice que el “cuerpo 10” es el “cuerpo 10”?, ¿acaso existe?, ¿existe un único cuerpo perfecto?, ¿y qué sería lo que lo hace perfecto?, ¿y qué quiere decir perfecto para cada uno?

Con independencia de que cada uno puede hacer con su cuerpo lo que considere, de que hay muchas formas de relacionarse con el mismo, partiendo de que siempre hay que pensar en el caso por caso, en este artículo pretendemos reflexionar de forma general sobre la expresión del malestar a través del cuerpo.
El cuerpo atravesado por el afuera
Estamos viviendo en un tiempo donde la industria junto con los avances médicos, los tecnológicos y las grietas de la sociedad se enlazan en algunos lugares que apuntan a los vacíos de cada uno.
La industria farmacosmética
Si pensamos en la belleza asociada al cuerpo ¿cuántos anuncios, al cabo del día, puedes ver relacionados con la estética? Anuncios que comienzan a verse desde la infancia, que se interiorizan como la norma y que enseñan lo que la sociedad considera que es lo que una debe ser.
Hay un tipo de anuncio que es imperecedero y se mantiene a lo largo del año, uno que informa de que envejecer es feo. ¿A qué nos animan? A cubrir las canas de otros colores, a rellenar las arrugas, a buscar métodos no invasivos o invasivos para que no se note que la vida pasa por nosotros igual que nosotros por la vida.
Después, para todas las edades, nos encontramos con el imperativo de perfumar el cuerpo con fragancias que no son las propias, alisar los muslos, reducir la cintura, bajar de peso, hacer que tus labios parezcan más llenos, que tus ojos parezcan más grandes las 24 horas del día, que no se note que no has dormido en toda la noche, ten una piel luminosa cada día a cada instante, potencia la simetría como si no fuera natural la asimetría… Está claro, hay que tener otra cosa que lo que una tiene; hay que aparentar ser lo que una no es.
Hay que tener otra cosa que lo que una tiene; hay que aparentar ser lo que una no es.
La cultura
Por supuesto, la cultura nos da forma. La pregunta de qué es ser una mujer o un hombre, la imagen de qué es una mujer hermosa o una persona con el cuerpo perfecto está atravesado por la sociedad en la que uno ha nacido y en la que uno vive. No es el mismo canon de belleza el que se da en Asia que en Europa o en América; ni para el hombre ni para la mujer.
Dicho esto, estamos en un momento de grandes migraciones que favorecen la multiculturalidad y resulta sencillo poder ver a mujeres muy diversas que muestran lo que para ellas es la belleza en función de sus culturas y su propia subjetividad: mujeres que esconden su cuerpo bajo prendas sueltas frente a la imagen de mujeres que llevan prendas ceñidas para mostrar cada línea; las que compran prendas para disimular los michelines a las que los enmarcan con prendas tan ceñidas que se puede contar cada pliegue o llevan camisetas cortas que dejan que salgan a la luz; las que intentan ocultar el tamaño de sus caderas a las que, con las mismas medidas, buscan prendas que las potencien; etcétera. Bendita feminidad que tantas caras tiene.
El momento histórico
Lo mismo sucede con la época histórica. Si nos fijamos en los grandes artistas del Renacimiento, como Sandro Botticelli, se idealizaban los cuerpos femeninos voluptuosos con curvas y estómagos redondeados. Si nos trasladamos hasta la postguerra española, lucir una piel morena estaba asociado a las clases bajas y era signo de estatus lucir una piel blanca; lo mismo sucedía con la delgadez y la gordura, estaba de “buen ver” la persona que estaba gruesa pues era signo de que tenía dinero para comer. En la actualidad, el imperativo es la delgadez, el cuerpo definido, la simetría y la ausencia de imperfecciones.
Lo familiar
La familia, así como el entorno familiar de la persona, pues ellos también están atrevesados por su propia historia, cultura y época, influenciarán en la mirada que uno tiene sobre su propio cuerpo
Así podemos hablar de la decepción de esperar un varón y tener una hija, o viceversa; habrá familias para quienes esto no sea un problema y otros que, conscientemente o sin darse cuenta, señalarán la desilusión o intentarán que sea lo que no es. Lo mismo puede suceder con el tipo de cuerpo (talla) que consideran que ha de tener, la imagen que debe dar, lo que ha de comer, etc.
El cuerpo como expresión del conflicto
El malestar de nuestro tiempo con la búsqueda de lo perfecto, es decir, con la dificultad para aceptar lo diverso, lo diferente, lo errado, lo imperfecto, lo humano en definitiva, no es una cuestión de cuerpo, es una cuestión de ser que se coloca en el cuerpo. Así, el cuerpo se ha convertido en el campo de batalla.
El cuerpo es un lugar de batalla porque en él y a través de él salen a la luz una gran variedad de conflictos: la sexualidad, los padres, las inseguridades, la dificultad de ser o de construirse, los mandatos externos, el sometimiento, el deseo de complacer, el querer ser todo para alguien, el rechazo, la necesidad de reconocimiento, la ausencia de una mirada amorosa, etcétera.
El cuerpo es un campo de minas, agujereado, que hace que exploten aspectos propios y salgan a la luz los huecos, las faltas, los vacíos. ¿Y qué se hace con los mismos? El cuerpo como modo de expresión, como intento de alcanzar el imposible, como lugar de regodeo para la insatisfacción permanente. La búsqueda de algo que no es en un lugar que tampoco es.
El cuerpo es eso que se ve, que se decora para que el otro lo mire o para que pase desapercibido. Es una carta de presentación que habla de algo de adentro de uno sin necesidad de palabras. Es algo que invita o algo que despierta rechazo, es algo hermoso o grotesco, pero no tanto el cuerpo en sí, sino lo que le hacemos al cuerpo.
El cuerpo, más allá de tangible y funcional, también es imagen. Y la imagen no solo es una fotografía, también es la representación de lo que uno es o pretende ser, de lo que uno cree que ha de ser, de cómo uno se vive y de cómo quiere que los otros piensen que es.
¿Acaso existe el cuerpo diez?
Hace unos días, en un viaje, me topé con una madre y su hija adolescente. La muchacha, toda ella, era un intento de ser otra cosa. Lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos, enmarcados por unas pestañas postizas kilométricas y muy pobladas que debían de resultarle pesadas para los párpados. Labios rellenados, un maquillaje perfectamente extendido a modo de máscara, un escote tan amplio que dejaba ver cómo había añadido más relleno a un sujetador que llenaba y se quejaba apenada de que, por prescripción médica, iba a tener que estar sin maquillarse un tiempo y se vería su piel. Después, miró la pantalla, y se apagó como quien desenchufa una lámpara. Nunca más se supo de ella.
Esta mujer me recordó a otra persona que conocí hace tiempo. Acababa de cumplir los 21 años y, desde los 17 años se había estado sometiendo a operaciones de estética para rellenar partes de sí misma, más los accesorios postizos -pelo, pestañas, uñas- que formaban parte ya de sí misma. Una amiga me hablaba de todo lo que se operaría si tuviera dinero; otra mujer cercana a mí me ha hablado de las infinitas dietas a las que se somete desde que es adolescente para intentar alcanzar un cuerpo que parece que siempre se le resiste; famosas que se someten a cirugías tras parir para que no haya señal de que hubo un embarazo; retoques sencillos, cambios radicales que son sonados en los medios de comunicación pues parecen otras… Nadie está exento del conflicto, del ideal y del imperativo social e industrial.
Para muchas adolescentes y jóvenes el ideal está fuera, en aquellos llamados influencers, es decir, influenciadores, que tal y como describe la RAE, es aquel que ejerce predominio o fuerza moral. Si uno atribuye el ideal al que está fuera, y que además está en una pantalla donde esa persona elige qué mostrar como si fuese un producto más, ¿cómo uno mismo puede ser su propio ideal si, además, el lugar ya está ocupado por otro?
Pero ¿Qué sucede con el cuerpo? Podríamos plantear que el cuerpo, tal vez, pueda ser un representante de lo que falta internamente, de los agujeros, de los vacíos, del deseo de algo que nunca se puede realizar. Se coloca en el cuerpo la posibilidad de tenerlo todo, de serlo todo y eso solo puede dar lugar a la frustración constante, a la insatisfacción permanente, al intento de algo imposible.
Las hay quienes hacen pequeños actos y las que se transforman por completo en esa búsqueda de algo en un lugar que no es. Sobre el cuerpo se puede actuar, de una u otra forma, pero donde está la raíz de todo cuanto es convocado a través del cuerpo está en la psique, en lo interno, en la manera de vivir y de pensar, no en lo tangible.
En muchas mujeres no hay cuestionamiento; otras se dan cuenta que aunque “arreglen” eso que no les gusta, al poco tiempo, aparecerá otra cosa de su cuerpo que les despierte malestar. Entonces, ¿el malestar estará en el cuerpo que uno tiene o provendrá de otro lugar y se manifestará en la vivencia del cuerpo? Dicho de otra forma, por ejemplo, ¿la inseguridad que siento es por la talla de mi sujetador o por algo propio que proviene de mi mundo emocional?
Hoy, donde estamos tan expuestos a la mirada del otro a través de las redes sociales y los medios de comunicación, donde no hace falta que la mirada real exista si no que atraviese los ojos con los que nos miramos, es un tiempo para preguntarse ¿a cuánto está dispuesta una de poner en juego su cuerpo por el deseo de ser todo para el otro?