Amar en la diferencia implica amar al otro por quien es y no es, pero la vivencia de la diferencia cuestiona, increpa, incluso puede herir. Es la muerte de la grandiosidad.

Amamos en la similitud
Cuando dos personas se conocen por primera vez, la primera reacción que suele producirse es la búsqueda de las similitudes. Se busca en el otro un reflejo de sí mismo, algo propio que aliente el deseo de conocer más.
La conversación fluirá fácilmente si se van descubriendo intereses comunes, afinidades y semejanzas con aspectos que ambas partes consideren importantes. Es la base para cualquier relación amorosa, ya sea bajo la etiqueta de la amistad, de lo familiar o la pareja.
Esto quiere decir que siempre resulta más fácil amar lo similar o lo igual a uno mismo, algo así como amarse a sí mismo a través del otro, amar del otro lo que a uno le gustaría llegar a ser o lo que ya es. Pero, en este tipo de afirmación, siempre tiene que haber un pero que rasque y agriete: ¿hasta dónde llegan los parecidos con el otro?
¿Amamos en la diferencia?
En algún punto del primer encuentro, o de la relación si ya se ha establecido, surgirá la vivencia de la diferencia. Esta no solo es algo que se ve o que se escucha, es algo que traspasa físicamente, que se vive y que se siente. Siempre despierta una reacción, a veces leve y, en otras ocasiones, implosiona.
Teóricamente, todos sabemos que las demás personas son diferentes. Es de cajón. Pero en la vivencia de la diferencia, cuando esta conmueve, la teoría se va al traste y llegan las turbulencias.
No pensaba que fuera de esta manera. ¿Puedo amarle siendo así? En esto no nos parecemos en nada, ¿tiene sentido que sigamos juntos? Si no opinamos en esto lo mismo, que para mí es fundamental, es mejor que no permanezca en mi vida; lo demás ya carece de valor.
La respuesta a las turbulencias es diversa.
Para algunas personas, cuando aparece la diferencia en el otro, cuando el otro no cumple con la imagen que uno se había construido de quién era o cómo debe ser su pareja, se vive tal impacto que el otro pierde su valor. Es irrecuperable.
En algunas ocasiones, hay quien intenta borrar su propia subjetividad para transformarse en la persona que cree ha de ser para que le quiera, para que la relación se mantenga, para convertirse en esa persona (imaginaria) que puede colmar todas las necesidades del otro. Soy lo que tú quieras que sea. Si el partenaire no lo ha dicho explícitamente, descifrarán los mensajes para ver qué aspectos son los que se supone que el otro valora. Así comenzarán los cambios en la manera de vestir, en cómo se relaciona o deja de hacerlo con los demás, en sus consumos, etc.
Por el otro lado, bajo la tan aclamada necesidad de negociación y cesión dentro de un espacio de pareja para que esta funcione, se espera —exige— que sea el otro el que ceda y se convierta en la persona que ha de ser para ser su pareja. Si me quieres, dejarás de hablar, salir, relacionarte con… porque yo quiero a mi lado alguien que… Las cosas se hacen de esta manera, no de esta otra; tú no tienes ni idea. O nuestras relaciones sexuales son a mi manera o no hay nada que hacer, porque para mí es muy importante. El otro es demandado a eliminar su individualidad, su subjetividad, para ser lo que no difiere. Como si solo existiera una manera correcta de ser y de hacer.
Esto no es algo lejano ni alejado del día a día. No se trata de funcionamientos de hombres o de mujeres; cualquiera de las dos situaciones alcanza a unos y otros, donde debajo de ese temor a la diferencia hay otras cuestiones a tratar.
La diferencia vivida como una herida
Para muchas personas, lo complicado de las diferencias es que provocan que uno se cuestione lo que uno tiene por verdadero, incluso por absoluto. La diferencia agujerea la pompa del «yo tengo el saber», del «yo soy grandioso» o «yo soy el mejor». Es decir, la diferencia puede herir la imagen de uno mismo, y de una manera muy severa, cuando toda esa imagen de enormidad esconde la inseguridad.
Por ello, hay personas que ante lo diferente sienten una respuesta visceral de rechazo que, en algunas situaciones, puede derivar en violencia física o verbal. No hablamos de la posibilidad de escuchar, de intentar comprender o de la posibilidad de acercarse. Eso no aparece en ningún lugar de la mente. Aquí lo diferente solo tiene la capacidad de despertar odio, porque lo diferente no es yo; por tanto, lo diferente da asco y es malo.
Este extremo no alcanza a todo el mundo. Los hay que escuchan un poquito, pero no pueden llegar a cuestionarse algo. Ante esa diferencia que confronta lo propio, nace la sencilla y automática respuesta de te equivocas. Solo existe la posibilidad de que sea lo propio lo que es acertado; por tanto, lo del otro es equivocado y erróneo, lo que deriva en que nuevamente no hay posibilidad de encuentro, de pensar algo nuevo.
Después hay situaciones en las que hay mucho amor ya establecido antes de la aparición de las diferencias que hieren, o uno está más o menos fuerte ante aquello que es no-yo. Entonces aparecen los berrinches en adultos, las salidas de casa, los portazos, la necesidad de un tiempo fuera para lamerse las heridas y regresar.
El amor en la diferencia
Cuando la diferencia no sacude las raíces de uno, escuchar lo distinto se vive de una manera más pausada. La disparidad no implica que lo del otro sea lo bueno y lo propio sea lo malo, o viceversa, sino que es una apertura a algo nuevo, a lo que uno no es, a lo que no tiene, a lo que sabe de otra manera o, incluso, a lo que no sabe.
Por tanto, amar las diferencias del otro, amar en el otro lo que uno no es y no quiere ser, amar en el otro lo que a uno no le confirma como grandioso, es otro tipo de amor que pasa por aceptar que ambos miembros de la relación tienen huecos, faltas e imperfecciones.
Esto dará como resultado aceptar que ninguno completará al otro, no hay fusión posible, habrá partes de la otra persona que nunca se comprenderán por completo y que, en ese baile de encuentros y desencuentros que provocan las similitudes y las diferencias, puede haber el hilo conductor para algo hermoso.
La diferencia ayuda a crecer, a descubrir y descubrirse.