¿Qué es la supervisión?
La supervisión es una de las herramientas fundamentales con las que cuenta cualquier profesional de la psicología, con independencia de la orientación desde la que trabaje. Consiste en la exposición de un caso por parte del terapeuta a un colega de mayor experiencia, que aportará otra mirada sobre las dificultades que han llevado al paciente a consultar.

Este dispositivo clínico es tan beneficioso para los profesionales que es un recurso que utilizan tanto los psicólogos principiantes, los que están en formación o profesionales con una larguísima experiencia que quieren pensar el caso con otro colega.
Hay diferentes espacios de supervisión, como puede ser el individual o el grupal, así como puede variar la frecuencia, los estilos de cada profesional y también la demanda del terapeuta en función del momento profesional en el que se encuentre.
¿Por qué los psicólogos supervisan a sus pacientes?
Si lo pensamos desde un punto de vista meramente profesional, te diría que es una cuestión ética. Pero, si tocamos lo humano de cualquier profesional de la psicología, una de las razones para empezar a supervisar es que ofrece calma.
La supervisión calma porque todos podemos sentirnos angustiados por la problemática de un paciente, por no saber muy bien qué hacer en determinadas situaciones, porque puede que haya algo que no estamos pudiendo escuchar bien, porque no tenemos ni idea de qué es lo que está ocurriendo, pero sabemos que algo le está pasando al paciente, porque a veces necesitamos hablar del caso con alguien, porque necesitamos otra mirada y otra escucha, porque estamos sintiendo cosas que no sabemos cómo ubicar, etcétera. El supervisor también hace de sostén con sus palabras, con su presencia y su guía.
Escuchar a alguien de mayor experiencia pensando el mismo caso que uno ha escuchado en su consulta permite afinar la escucha. Es la respuesta a ¿qué se escucha de lo que cuenta el paciente? Detectar palabras que implican con otras cosas y que abren la puerta a otros lugares del paciente, esas que parecen coloquiales o que son frases hechas, pero que un oído experto cuestiona, aprender a no quedarse pegado al discurso lateral del paciente para poder escuchar más allá.
Romper los bloqueos. Hay momentos en los que podemos sentir que nos hemos quedado capturados en algo del discurso del paciente que impide escuchar y pensar más; podemos tener la sensación de que hay algo que hemos pasado por alto o algo que se nos está escapando, etc.
Resolver dudas técnicas y teóricas. La experiencia de otros nos permite poder pensar cómo tratar o trabajar cuando un paciente se salta recurrentemente el encuadre de trabajo, si hemos tenido un fallo en la consulta, si el paciente nos lanza preguntas desubicadas que interfieren con el marco de trabajo, la sensación que todos hemos tenido en algún momento «me ha dicho esto, ¡qué le digo!», poder repensar la clínica desde los casos, y muchos más ejemplos.
Concluyendo, la supervisión es parte de la formación de todo profesional de la psicología que permite aprender qué escuchar, cómo intervenir, cuándo hablar y cuándo callar.
Tipos de supervisiones
Hay muchas formas de supervisar, desde individual a grupal, al igual que también hay estilos en función del supervisor, pero también dependerá de la demanda y del momento del terapeuta dentro de su campo laboral.
Están las supervisiones en las que colocamos al supervisor en el lugar del bombero que tiene que apagar rápidamente los fuegos que genera la consulta: los miedos iniciales cuando uno comienza su práctica clínica, el qué hago y qué digo, el encontrar un eje desde el que trabajar, la gran variedad de casos…
Hay otros momentos donde uno puede ir a supervisar con más calma y contención, centrándose en un caso. Por ejemplo, un modo de supervisar es contarle al supervisor nuestro paciente, lo que hemos oído y cómo lo hemos organizado en nuestra cabeza. En este caso, es importante diferenciar que estamos mostrando a nuestro paciente, no al paciente en sí mismo, pues ya ha pasado por nuestro filtro de lo que podemos y no podemos escuchar.
Después están las supervisiones en las que uno lleva una sesión del paciente recogida en directo. Requiere de un esfuerzo extra para el profesional en la consulta y práctica, pero la ventaja es que permite que el supervisor pueda escuchar directamente al paciente y también nuestras propias intervenciones. De esta manera, podrá señalarnos qué escuchar sobre el discurso del paciente, preguntas que hemos podido no hacer, dónde él intervendría y cómo lo haría.
La supervisión grupal puede ser una opción única o complementaria de la supervisión individual. Generalmente, suele utilizarse como algo complementario, pues la exposición del caso se hace una vez por curso, dependiendo del tamaño del grupo. Es una opción muy enriquecedora, pues uno puede escuchar cómo escuchan los demás, cuáles son sus preguntas y sus conflictivas, y aprender de ellas.
¿Con quién supervisar?
En mi caso, todos los profesionales con los que he supervisado han estado relacionados con mi formación. Esto quiere decir que primero les he podido escuchar como docentes, conocer su línea teórica, que me gustasen y, después, les he solicitado hora para supervisar.
Cuando esta circunstancia no se da, una buena recomendación de alguien a quien tengas en estima y valores como profesional, permitirá que puedas ir con buenas expectativas al espacio de supervisión y ver si encajáis, porque, sin duda alguna, en un espacio como este es importante encajar.
El supervisor es alguien que tiene que gustarte. El espacio de supervisión es delicado; en un inicio puede generar cierta sensación de vulnerabilidad, puesto que uno está mostrándole a otro profesional lo que puede o no puede escuchar, lo que sabe o no sabe, sus aciertos y sus fallos. El supervisor no va a sacar un látigo y decir ¡No vales para esto! Pero hay momentos que uno tiene eso en la cabeza y puede recibir un comentario y vivirlo como tal.
Teniendo en cuenta lo que hemos descrito que es una supervisión y sabiendo que hay múltiples estilos, podemos decir que hay supervisores que indican algunas cosas para que uno pueda pensar, y otros que además añaden una función didáctica mostrando con respeto y cariño aspectos que uno tiene que trabajar en su escucha.
En estas situaciones es importante que uno pueda tener presente cómo está emocionalmente, pues si uno no está bien trabajado, a veces puede pensar o sentir que el supervisor le agrede cuando es más la vivencia personal que la realidad. Lo mejor para estas situaciones es llevárselo al trabajo personal con su terapeuta o analista y poder ver qué es lo que se está moviendo internamente o qué es lo que ha sucedido.
¿Qué pasa si no superviso?
Legalmente no es obligatorio, pero éticamente es recomendable. Para entrar a trabajar en determinados gabinetes de psicólogos o en asociaciones puede ser un requisito, al igual que el trabajo personal.
Lo que ocurre si no se supervisa es que, además de no mejorar en la escucha y en el trabajo que se ofrece al paciente, el agobio y la angustia que uno puede padecer son exponenciales. En lugar de disfrutar de un trabajo apasionante, uno lo sufre o, incluso, puede terminar abandonándolo.