Existen infinidad de preguntas que tienen la peculiaridad de no agotarse, de no apagarse, de no hallar respuesta posible que las concluya para una larga temporada o para siempre. Existen preguntas que nos convocan una y otra vez, repeticiones abrumadoras que resultan extenuantes.

Ese tipo de preguntas, si me lo permitís, son de las jodidas. No porque sean más o menos graves si no porque le dejan a uno agotado, con dolor de cabeza y, si ya es conocedor de este «mal» que padece y se ha dado cuenta de que ha vuelto al mismo hilo, entonces también se sentirá debilitado porque… Otra vez vuelve a suceder.
La pregunta sin respuesta que calme
Estas preguntas de las que hablamos pueden tener muchas fórmulas. Por ejemplo, ¿Por qué habré dicho esto?, ¿Habré sonado bien o habré parecido idiota?, ¿Qué pensará de mí?, ¿Les habré gustado?, ¿Se habrá dado cuenta de que me he equivocado?, ¿Le pareceré inteligente o pensará que soy tonto?
No son preguntas raras ni ajenas a cualquier ser humano pero, mientras que unos se lo pueden cuestionar una vez, otros se sumen en el bucle eterno de la pregunta sin respuesta. Sí, sin respuesta, porque aunque alguien externo le ofreciera la respuesta y pueda sentir como algo se mitiga en ese ruido mental, la pregunta retornará con fuerza renovada. Tal vez no en ese momento, tal vez cinco minutos más tarde, una hora, o nacerá de nuevo con otra situación en la que se sienta expuesto y vulnerable a la mirada de afuera. Y volverá la angustia, la pesadez, en forma de interrogación.
Pero, ¿solo se trata de la mirada de afuera? Rotundamente no. Por eso hablamos de la pregunta que no se agota por muchas respuestas de afuera que se obtengan. Esta pregunta que acribilla la mente proviene de otro lugar, de otro tempo. Proviene de uno. Es contenedora de otros temores y malestares, es reflejo de un conflicto interno que se muestra de esta manera. No importa cuántas veces se respondan, regresa.
En cada caso, en cada situación, habrá que dar espacio a la reflexión, a la palabra, para que de ahí se vaya dibujando el camino que permita comprender cuál es la pregunta real que no agota, qué pregunta hay bajo la pregunta que persigue y arrincona.
Dicho esto, podemos jugar a generalizar un poquito, sabiendo que es un juego, no un credo que sirva para todo. A veces, lo que se puede esconder detrás de la pregunta interminable es el ideal.
¿Qué sería el ideal?
El ideal es como una idea o un modelo que tenemos de quién somos y quién queremos ser. Éste resulta ser tan propio y tan interno que nos resulta desconocido por sí mismo, es inconsciente. Inconsciente, que no silencioso, pues puede ser vivido como esa voz que juzga, critica o alaba, y que proviene de dentro de uno. Es un ideal que se ha macerado a fuego lento con una sazón de lo que uno recoge y recibe de los padres, de las personas significativas de su entorno, de los valores de la sociedad y la cultura en la que uno está inmerso, más el collage que uno ha ido creando con todo eso a lo que hay que sumar lo propio.
Teniendo en cuenta esta brevísima descripción, retomemos la pregunta ¡qué hay bajo la pregunta que no se agota?
En algunas ocasiones hablaremos del ideal que uno quiere alcanzar, de quién quiere ser y quiere mostrar a los demás. Uno se sabe imperfecto pero tiene aspiraciones, expectativas personales y no alcanzarlas o el temor a no haberlo logrado, puede ser emocionalmente molesto y, para algunos, puede derivar en un juicio severo.
Por otra parte, también podemos hablar de otro tipo de ideal. Es el de aquellas personas que se esfuerzan de una manera desmedida por ofrecer una imagen de perfección y grandiosidad, donde no puede haber espacio para lo humano. ¿Qué sería lo humano? Lo que es inherente a todos, la posibilidad de errar, de fallar, la imperfección. Cuando esto se da, cuando uno descubre una equivocación o alguien desde fuera se la muestra, cuando se rompe la burbuja imposible de la perfección, el dolor es lacerante.
¿Cuál sería la respuesta a la pregunta que no se agota?
Partiendo del nivel de sufrimiento que puede llegar a generar este tipo de preguntas, de la capacidad que tienen para castigarle a uno mismo e, incluso, segar las grandes alegrías de la vida, la única respuesta que me resulta viable es la necesidad de una terapia psicoanalítica.
¿Por qué psicoanalítica y no una terapia de otro tipo? Por la posibilidad de escuchar lo inconsciente, que no es otra cosa que la escucha de la pregunta que está bajo la pregunta que a uno le atormenta. Esa pregunta, la originaria y no la que viene a sacudirnos la cabeza, es la que verdaderamente importa resolver para poder liberarse de lo que persigue, de lo que ocupa tanto la cabeza que incluso lo bueno deja de tener peso.
Quien sufre o ha sufrido de esta persecución personal sabe que puede llegar a ser una tortura. Una de la que muchos piensan que no tienen posibilidad de salida, que les pasa desde siempre, que son así, que solo pueden aceptarlo y seguir sufriendo, que es su sino, pero no es verdad.
En el proceso del psicoanálisis se haya la oportunidad.