Hiperconectados, más solos que nunca

Síntomas y malestares

La hiperconexión ha derivado en desconexión. Una desconexión que no solo implica desconocerse, evitar los tiempos que procuran la reflexión y el encuentro con uno mismo, si no también con el entorno, salvo que se encuentre en la pantalla del teléfono, del ordenador o del reloj inteligente. La presencia se ha convertido en la excepción porque estar de cuerpo presente no es estar activamente.

Cuatro personas caminan mirando su teléfono móvil

Del uso al consumo de la tecnología

El acceso a internet desde nuestro teléfono móvil, tener información al segundo de lo que está ocurriendo en otras partes del mundo, poder comunicarnos con alguien que se encuentra en otro continente, es una experiencia asombrosa. Sin embargo, el uso ha derivado en consumo. Los algoritmos ofrecen información personalizada que favorece que uno no pueda dejar de hacer scroll, el desarrollo de aplicaciones que buscan que uno viva conectado a su producto, ha derivado en décadas hablando de la adicción a la tecnología y, posteriormente, adicción a las redes sociales.

Hace unos años, la sociedad ponía en el punto de mira a los jóvenes y los adolescentes dentro de este consumo. Hoy día, sin lugar a dudas, podemos hablar que no hay una edad diferencial. Tal vez, los únicos reguardados de este efecto son aquellos que no se manejan con los teléfonos inteligentes ni con los ordenadores. Son las generaciones más mayores, que prefieren los encuentros sociales, cara a cara, y en el exterior del hogar.

Si volvemos a los usuarios, podemos plantearnos que la mayoría no son conscientes de esa línea divisoria entre el uso y el consumo. Nadie suele prestar atención a las horas que dedica a mirar la pantalla en su tiempo libre y, una minoría se plantea que puede haber desarrollado algún tipo de dependencia. En los casos en los que uno se ve confrontado por alguien de su entorno, “te pasas todo el día con el ordenador”, “estás todo el día jugando con el teléfono”, y puede tomar conciencia de que el uso se ha convertido en un hábito de consumo más, no siempre implica que se plantee el cambio o la pregunta.

El impacto de la hiperconexión en la salud mental

El efecto del consumo de la tecnología es toda una paradoja, nos hiperconecta con el mundo, nos desconecta de los otros y de nosotros mismos.

El tiempo que se dedica a una pantalla es un tiempo en el que uno se aísla en un mundo en el que se siente menos comprometido. Uno es un mero receptor de multitud de estímulos que lo sobrecargan, que le invitan a no pensar, que le evaden de sus propias dificultades y alegrías, que le alejan de todo, incluso de sí mismo. Este consumo es un sistema que tapona, que enclaustra las dificultades, que las encurte y las macera, que no favorece la salida del problema, ni la construcción ni la resolución.

En esta evasión pareciera que uno puede controlar la angustia y la ansiedad, que puede meterlas bajo la alfombra (o detrás de la pantalla) y eliminar, o postergar, todo aquello que convoca a pensar, a preguntarse ¿qué me pasa? Como si en la realidad pudieran desaparecer y no que, más tarde, eso que inquieta aparezca de forma repentina, brusca y amplificada.

Los vacíos, lo que no tengo, lo que me falta, lo que me hiere, lo que me aguarda, pareciera que también se acallan. Por un rato, al menos. Lo que deriva en que uno sienta la necesidad de aumentar su consumo con el afuera, de apagarse de sí. Al llegar a casa el asistente virtual de turno da la bienvenida, uno pone la música o enciende la televisión de fondo, tiene que haber bullicio en casa para que el silencio no aparezca, para aplacar el ruido que se produce dentro de uno. Lo que no encaja.

La hiperconexión nos desconecta tanto de los otros que las miradas han dejado de ser una oportunidad de encuentro. Los vagones van llenos de pasajeros que conviven temporalmente en un mismo espacio, sus miradas prendadas en los estímulos que desprende el móvil sin posibilidad de compartir algo que despierte el deseo, la conexión, la creación de un lazo. El otro pareciera que deja de existir salvo si aparece iluminado en un dispositivo. Ni qué decir de la posibilidad de comunicarse con la palabra, si los auriculares son el complemento perfecto para recluirse en una burbuja individual.

Toda esta imposibilidad del encuentro, de la presencia real, implica que cada vez hay más personas que sienten que no saben cómo comunicarse bien cara a cara, que no saben cómo interpretar los gestos de su interlocutor, que viven la mirada como algo que penetra de manera interrogadora en lugar de invitadora, que les preocupa no responder adecuadamente, que acaban angustiándose en encuentros poco comprometedores y huyendo de los que implican un poco más.

Ni qué decir de la soledad. ¿Quién se puede sentir solo si tiene un dispositivo tecnológico a mano? Cualquiera. Cuando el vínculo con el otro se construye en base a la validación que uno obtiene a través de una red social, como pueden ser los números de corazones que uno recibe o los comentarios, ese lazo está hueco, no es real, no es sostenido. Irónicamente, uno intenta huir de la vulnerabilidad que produce la presencia y se lanza de lleno a sus brazos.

Lo vemos de manera clara en las redes sociales. Se crean personajes para gustar a otros, para sentir que uno es aceptado, lo que provoca aún una mayor inseguridad y aislamiento. A veces, hay adolescentes y adultos que piensan que solo en las redes son amados, que solo allí la gente ve quiénes son en realidad, espacios donde controlan qué muestran de sí, pero la sensación de soledad en su día a día les resulta angustiosa. Nuevamente, hay un tapón para no preguntarse, para no cuestionarse, para no conectar con uno mismo y ver-se.

Si uno está constantemente hiperconectado, si huye de sus silencios, de la contemplación y de la pausa, de lo que siente y de lo que piensa, ¿dónde queda la persona? Esa defensa que es la hiperconexión, no es otra cosa que una defensa que debilita a la persona, que impide crecer, desarrollarse y disfrutar más de la vida.

Como mencionábamos también en un artículo anterior sobre las consecuencias psicológicas de la IA, la hiperconexión traducida como un tiempo lleno de no pensar, también favorece la uniformidad del pensamiento, el adormecimiento de la reflexión crítica, la pérdida de lo diferente como algo enriquecedor.

Consecuencias físicas del uso excesivo de pantallas

Más allá de los efectos psíquicos, las secuelas físicas del consumo excesivo del teléfono móvil, del reloj inteligente y de los ordenadores, son muy amplias.

En la mayoría de las situaciones, nadie se para a pensar ni a relacionar síntomas que pueden estar sufriendo pero hay suficientes estudios que muestran que la relación entre ambos es innegable.

Algunas de las consecuencias más conocidas son:

  • problemas oculares: fatiga visual, sequedad ocular, cansancio ocular, dolores de cabeza, entre otros.
  • alteraciones del sueño debido a la luz azul que emiten las pantallas y las consecuencias que un mal descanso continuado provocan en la salud,
  • problemas musculoesqueléticos: síndrome del cuello de texto, tendinitis, desgaste articular temprano.
  • alteración del desarrollo cerebral: atención fragmentada, deterioro cognitivo prematuro, aumento de la impulsividad, etc.
  • sedentarismo: aumetno de peso, pérdida de masa muscular y ósea, mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, etc.
  • estar expuesto de forma directa a la radiación por radiofrecuencia y de lo que ello deriva,
  • envejecimiento prematuro de la piel por una exposición prolongada a la luz azul, entre otros.

Desconectarse para re-conectar

Cuando tenemos la oportunidad de pararnos a reflexionar unos minutos, todos podemos darnos cuenta de que en la hiperconexión no hay posibilidad de encuentro, de presencia, de conexión. No hay uno.

Es necesaria la instauración de unas leyes que provengan de uno mismo. Ni qué decir de los progenitores cuando se trata de menores hiperconectados. Son necesarias para poner coto a lo ilimitado de la hiperconexión, al enganche que fomentan ciertas aplicaciones y tecnologías que están diseñadas para ello.

Solo en la desconexión de las mismas, en la instauración de espacios libres de tecnologías, hay posibilidad de conectar y reconectar con uno mismo para favorecer el espacio del pensamiento, de la creación, de la elaboración de los momentos vitales por los que todos, sin excepción, tenemos que transitar y que es necesario resolverlos bien para caminar más ligeros por la vida.

Mª ángeles Barja

Avd. de América 12, bajo D.

Tlf. 650 230 647

mangelesbarja@gmail.com

ACERCA DE ESTE SITIO
Centro sanitario autorizado por la CAM.
Número de Registro: CS20057
Colegiada M27571. Colegio de Psicología de Madrid.