Cada vez es más frecuente el uso de la inteligencia artificial para tomar decisiones vitales, resolver conflictos de pareja, problemas de amistad, la búsqueda del mejor consejo, etc. ¿Es una opción saludable?

En este último tiempo hemos podido ver cómo la inteligencia artificial se ha adentrado en una gran variedad de profesiones, en lo académico y en la tecnología que usamos diariamente. Todo ello ha motivado el desarrollo de investigaciones con el fin de estudiar cómo afecta su uso en el desarrollo cognitivo y emocional. Interesantísimos pero no los voy a tratar aquí.
Una de las grandes ventajas que ofrece la IA es que uno puede obtener respuestas rápidas a cualquier tipo de pregunta, ya sean más acertadas o menos, pues sabemos que depende de cómo se pregunte, la respuesta puede variar. La desventaja de esto mismo es que ofrece una experiencia constante de inmediatez, de tener cualquier tipo de conocimiento a un solo clic, como si fuera el resultado de un eslogan ¿lo quieres? pues lo tienes. Se desmenuza el valor del binomio esfuerzo-resultado, no hay que esperar ni pensar ni construir, solo hace falta una pantalla e internet y pareciera que a uno le viene dado. Hoy día, ¿cuántas personas se enfrenta a la sensación de no saber?
A su vez, como mencionaba al principio, cada vez son más personas las que usan la inteligencia artificial como respuesta a inquietudes vitales.
Uno de tantos casos. Ante una decisión que tenía que tomar, abrió una aplicación de IA para que le diera la respuesta. Al parecer, le creó todo un diagrama de posibilidades para que escogiera la más acertada para ella. Suena a vida fácil pero, la otra cara de la moneda, es que se evita de la responsabilidad de tomar una decisión personal, de enfrentarse a la posibilidad del error. La IA, aquí, funciona como una madre que le dice a un niño lo que debe hacer. No hay cuestionamiento. Si se equivoca, se equivoca la IA, mientras que la persona interpreta que está a salvo de la frustración, del fallo, del riesgo de ser dueño de su propia vida.
Otro caso es el uso de la IA para obtener un mensaje de cómo dejar a una pareja. ¿Dónde está el trabajo de convertir los sentimientos en palabras propias que alcancen a la otra persona y que faciliten, a su vez, el escucharse uno mismo? ¿Cómo conectar con uno mismo, ni qué decir con el otro, cuando se usa un intermediario – la IA- para taponar lo que compromete?
En áreas como la antropología, la sociología, el lenguaje, o podemos verlo diariamente en el mundo tecnológico o de la moda, es que las diferencias están desapareciendo para dar lugar a un mundo más homogéneo a nivel cultural y social. Es la llamada globalización Las lenguas se desdibujan, las tradiciones se pierden y se incorporan otras de fuera, el cine, la música… Entonces, ¿qué es lo propio?
Sigamos la idea de la globalización con el uso de la IA. Si sigue en aumento el porcentaje de personas que siguen las directrices de la inteligencia artificial, no solo hablaremos de un mundo globalizado como el que describíamos antes, también tendremos una manera de pensar y responder despersonalizada, simplista, sin autenticidad. Si se apaga la capacidad de pensamiento y reflexión, ¿dónde queda lo íntimo, lo subjetivo, lo que es verdaderamente valioso?
Uno de los temores que compartimos muchos colegas de profesión es la falta de un espacio de reflexión que fomente el pensamiento crítico, de favorecer lo subjetivo del individuo, la promoción de la búsqueda del conocimiento y del saber para evitar hablar de masas de personas, como de rebaños de ovejas que siguen los caminos conocidos y cómodos, viviendo bajo la tutela de la IA o de aquel que dirija los medios.
En este tiempo donde no saber no gusta, donde no tenerlo todo se aborrece, donde parece que prima la productividad y no la construcción del ser, la IA ha llegado para ocupar todos los espacios que nos convocan a pensarnos. Saber utilizar las herramientas que tenemos a nuestra disposición es fundamental. En el equilibrio está la virtud.