Un niño, un adolescente, un joven, ¿hasta dónde puede llegar por el amor de sus padres? Reflexionamos sobre el deseo de unos y otros, las marcas que deja y sus consecuencias.

¿A qué está dispuesto un hijo por el amor de sus padres?
En la filmografía, en la literatura, en los medios y las redes sociales… es común descubrir historias y personajes que responden a la pregunta ¿qué estarías dispuesto a hacer por tus hijos? Es, entonces, cuando nos encontramos personajes que son capaces absolutamente de todo por salvarles la vida, por protegerles del horror de la guerra, personas que dejan su país para poder enviar dinero a casa, capaces de morir si hace falta con tal de darles una oportunidad. Ahora hagámonos la misma pregunta pero con los sujetos cambiados, ¿a qué está dispuesto un hijo por sus padres?
Nuevamente podemos encontrar ejemplos en la filmografía y en la literatura, tal vez en los medios y en las redes sociales, pero de otra manera. Puede que sea porque el mayor sacrificio que a veces hacen algunos hijos no tiene que ver con poner -literalmente- la vida en juego, pero los hay que ponen en juego su vida y el disfrute de la misma a través de poner su deseo, sus ilusiones, su ser, al servicio de los padres sin darse cuenta. Muchas veces, también, sin que los padres sean conscientes de lo que está sucediendo.
¿Por qué sucede esto? Por amor. Tanto por el que siente un hijo hacia sus padres, como por el amor que teme perder si no les satisface, así como por la necesidad de reconfirmar dicho amor.
La mayoría de las situaciones tiene que ver con el temor infantil -que puede pervivir en la vida adulta- de perder el amor de los padres, que también puede responder al deseo de ser lo más amado por mamá, por papá o por los dos.
Si un hijo no cumple con las expectativas de sus padres ¿puede ser amado? En la cultura, así como en la vida real, podemos encontrarnos ejemplos de todo tipo. Padres que se desentienden o rechazan a sus hijos por no ser lo que ellos esperaban. Padres que los quieren pero que luchan porque sean lo que ellos esperan, como Neil Perry y sus padres en la película El club de los poetas muertos, y padres que pueden amarlos por quienes son.
Honrarás a tu padre y a tu madre
Pongamos sobre la mesa que, lo citado a continuación, no es una regla general sino una casuística que podemos encontrar en consulta, en nuestra vida diaria, en las personas de nuestro alrededor pero, no olvidemos que ni todos los padres, ni los hijos ni las familias son las mismas ni funcionan igual, ni debajo se encuentran las mismas causas ni raíces. Lo que sí forma parte de la vida de todo ser humano es el deseo de ser amado.
El camino correcto
Hay padres que marcan con vehemencia -aun sin darse cuenta- el camino que sienten que es el correcto para sus hijos, uno que no tiene por qué estar ligado a los valores o a la ética si no al de los logros. Has de ser el mejor de la clase, como yo. Tienes que ser el número 1, no hay otra opción. Y, cuando se logra, se nota que eres mi hijo.
¿Y quién se resiste a ser eso que mamá o papá quiere?, o ¿quién no se siente una decepción cuando no alcanza esa posición?, ¿Acaso existe esa posición?
Un futuro escrito
Hijos para los que el futuro ya está escrito. No hay un ¿qué te gustaría ser de mayor? si no que lo transmitido a través de las conversaciones, sean o no conscientes los padres, están dirigidas a seguir la estela familiar. De mayor serás abogado, como lo soy yo y lo fue tu abuelo.
Y, en ocasiones, estos hijos cumplen el deseo de sus padres, algunos pueden cuestionarse en algún momento si es lo que quieren para sí mismos, otros ni siquiera han sentido que existiera la oportunidad de hacerse esa pregunta.
Sin hueco
Niños que entienden desde bien temprano que para que papá o mamá estén contentos con ellos tienen que cumplir sus deseos. Muchas veces, desde la propia inconsciencia, el adulto se ha olvidado de preguntarles ¿a ti qué te gusta?, ¿con qué disfrutas?
Es decir, a veces, sin querer, los padres pueden perder de vista que los hijos son otros y, por tanto, diferentes a ellos, pueden tener otros sueños y deseos, unos que incluso a los propios padres les parezcan ilógicos, inútiles o que rompan con sus ideas prestablecidas. Una película que refleja esta posición de los padres es Billy Elliot.
No es como yo quería
Hay niños que pueden dejar constancia que no les gusta eso que los padres han elegido para ellos pero, a su vez, hay algunos padres que no pueden escucharlo. A veces, porque hay padres que tienen muy claro el hijo que quieren tener y les resulta complicado aceptar al que tienen en casa. Por ejemplo, ¿cómo que quieres tocar la guitarra? Yo tocaba el piano cuando tenía tu edad y tú también lo harás.
Lo masculino, lo femenino
Hay padres que pueden vivir a sus hijos como amenazantes cuando estos les muestran una realidad que, en algún lugar, les cuestiona algo de su propia historia.
Niños varones que disfrutan de pintarse las uñas, ponerse los tacones de mamá, que se identifican más con Elsa que con Iron Man… y padres que intentan, por todos los medios, reconducirlos a la imagen que ellos tienen de lo que debe gustarle a un varón, de lo que se considera masculino. Padres que, sin pretender llevarlo al acto, acaban señalando todo esto como algo negativo.
Hay niños que se esforzarán en dar gusto a papá/mamá procurando satisfacer esa imagen, mientras que otros continuarán jugando a escondidas o negarán algo de sí.
La elección amorosa
A pesar de que en nuestra sociedad se supone que está más normalizada la elección amorosa homosexual todavía nos seguimos encontrando dificultades.
Algunos padres pueden vivirlo como algo incorrecto o enfermo, no tengo ningún problema con los homosexuales pero un hijo mío, no. Nos encontramos con adolescentes con dificultades para aceptarse, negadores de sí mismos o que lo esconden.
Esto se puede perpetuar en la adultez, pues hay adultos que llevan una vida oculta para los demás, familias que acuerdan en el silencio no hablar nunca de la vida sentimental del hijo homosexual, al igual que también hay quien rechaza a su hijo y corta toda relación.
Haz lo que yo no pude
Otras veces, bajo el deseo de ofrecerle las oportunidades de lo que ellos no tuvieron o de lo que no pudieron cumplir, intentan -sin ser conscientes de ello- que el hijo satisfaga aquellos deseos que a ellos se les quedaron incumplidos. Por ejemplo, a la hora de recoger a una niña después de una actividad que no le gusta, una madre responde no sabes de qué te quejas, ojalá yo fuera tú, siempre quise estudiar danza y mis padres no pudieron pagármelo.
No se trata de que no haya amor. A veces, la marca o la herida que los padres tienen dentro de sí es tan profunda que les impide ver o escuchar. Y, generalmente, en estas situaciones, el niño sentirá que ha de cumplir esos deseos para ser amado, tiene que convertirse en el hijo que esperan que sea o en el que él se imagina que ha de ser, diferente al que puede sentir que es él.
El lugar del que no está
A veces los hijos se ven reclamados a ocupar lugares que no le son propios. Por ejemplo, en algunos casos en los que unos padres viven la pérdida de un hijo (un fallecimiento, un hijo que corta la relación, pérdida de custodia), el otro hijo que queda junto a los padres puede sentir la urgencia y la necesidad de cumplir las expectativas que había sobre el ausente, intentando cubrir su falta, intentando calmar el dolor de los padres, actuando como alguien que no le corresponde.
Igualmente, podemos hablar de esto mismo cando se produce un divorcio, separación o fallecimiento de un progenitor, pues hay algunos hijos que sienten la necesidad de ocupar el lugar del miembro de la pareja que ya no está.
Queriendo complacer
Hay hijos que no satisfacen las expectativas de los padres o que son descritos como problemáticos y, por la contra, es frecuente que si hay otro hijo en la familia éste se eleve como aquel que les da gusto en todo. Cumple por completo con sus expectativas, es descrito como perfecto, buenísimo, que jamás les lleva la contraria, hace cuanto se le dice, no da un problema, es maravilloso, no se puede decir nada malo de él, no quita el sueño, es ideal. Es una clara señal de peligro emocional.
El cuerpo como desencuentro
Incluso el cuerpo puede ponerse en juego en la relación con los padres. En este caso, me resulta más sencillo poner un ejemplo de la relación de madres e hijas en la adolescencia, aunque esto puede mantenerse en toda la vida adulta.
Por ejemplo, madres que les recalcan a sus hijas que no coman determinados alimentos por el número de calorías que aportan, porque pueden engordar o les puede provocar la aparición de algún granito; madres que señalan en el cuerpo de las hijas aspectos que no toleran o que rechazan en la hija viendo a ésta como una prolongación de sí misma, etc. Estas hijas, a veces, cumplen esos papeles dictados por la madre a rajatabla, enferman de otras formas o se rebelan como pueden.
Las consecuencias de no tener un lugar propio
Estos son solo algunos ejemplos para responder fugazmente la pregunta que nos ha convocado aquí a reflexionar.
La línea que cruza a todos estos supuestos que he mencionado muestran la dificultad para construirse como personas con un deseo propio, es decir, que puedan elegir un camino para sí mismos que no esté cruzado tan fuertemente por la necesidad de satisfacer a los padres.
¿Cómo se traduce esto en la vida diaria? Por supuesto, como siempre, lo mencionado a continuación solo es una descripción libre de posibilidades, no son casillas ni check list.
En adolescentes, jóvenes y adultos nos encontramos con personas que se sienten perdidas, que no saben quiénes son, qué quieren hacer con sus vidas o que nunca se lo han preguntado. Que cuando se enfrentan a una pregunta sobre sí mismos es como si se hallaran ante un abismo para el que no tienen palabras que les permitan contar con un soporte. Puede tratarse de personas que siempre se fijan en los demás para ver qué es lo que tienen que hacer, o no, para gustar, para caer bien, para encajar. Les cuesta tener un pensamiento propio o crítico, se dejan llevar por los demás porque sigue temiendo la pérdida de amor. Podemos pensar también que, todo esto, hace que se puedan sentir vulnerables, poco valiosos, pues miran más hacia afuera que adentro de sí mismos.
Por otro lado, ya que ningún ser humano es igual que otro, también a veces se da la imagen contraria, o ambas confluyen a la vez. Agresividad que se desborda en determinados momentos, dificultades con la autoridad o con aquellos que la representan, sufren mucho cuando se frustran pues se sienten frágiles, entre tantas otras caosas.
La adolescencia es un momento valiosísimo para poder reconstruir y reescribir ciertas partes de las vivencias de la infancia, es como una segunda oportunidad antes de que la persona termine de formarse. Si esta ocasión no se aprovecha, no es el fin del mundo, solo hay que tener en cuenta que cuando uno esté dispuesto a dar el paso -tenga la edad que tenga- y acudir a la consulta, llevará un poco más de mochila para trabajar.
Me he sentido identificado
Todos tenemos nuestras mochilas. Hemos sido niños que han vivido situaciones y contextos diversos, con otros padres que lo han hecho lo mejor que han podido, que tuvieron a su vez otros padres que lo hicieron lo mejor que supieron. Todos, también, atravesados por nuestras impotencias y dificultades, por cómo hemos ido incorporando las experiencias y vivencias de no poder llegar a todo, ni saberlo todo, ni tenerlo todo.
No existe el padre perfecto ni la madre perfecta. No hay que hacerlo perfecto (¿qué es lo perfecto?) para ser un buen padre o una buena madre.
Este es un artículo que toca muchas cosas para poder plantearnos el lugar de los hijos, de los padres y las dificultades que a todos se nos pueden cruzar en algún momento, sin darnos cuenta, hasta que nos topamos con algo que os devuelve una imagen que nos choca y nos despierta una pregunta.
Si es tu caso, consulta con un profesional para que puedas hablar de eso en lo que te has visto reflejado y así puedas ir entendiendo qué ha sucedido, lo que mejorará tu relación contigo, con tu hijo y con tu pareja.
Si crees que puedo ayudarte, estaré encantada de escucharte.